Salud Pública de México

LOS VECTORES DEL DENGUE EN MÉXICO: UNA REVISIÓN CRÍTICA

LOS VECTORES DEL DENGUE EN MÉXICO: UNA REVISIÓN CRÍTICA

AUTORES


Sergio Ibáñez-Bernal, Biól., M. en C.(1), Héctor Gómez-Dantés, M.C., M. en C.(2)

(1) Jefe del Laboratorio de Entomología y del Insectario, Instituto Nacional de Diagnóstico y Referencia Epidemiológicos, "Dr. Manuel Martínez Báez", (INDRE) Secretaría de Salud (SSA), México.
(2) Director de Investigación. Dirección General de Epidemiología, Subsecretaría de Servicios de Salud, SSA, México.

RESUMEN

Los virus del dengue son transmitidos en América por el mosquito Aedes (Stegomyia) aegypti (Lineo, 1762). El Aedes albopictus (Skuse, 1894) fue introducido al continente americano primero en el estado de Texas, EUA, en 1985, y poco después en el estado de Sao Paulo, Brasil. A la fecha ya alcanzó la región fronteriza de algunos estados del norte de México y su importancia como vector en América no ha sido comprobada. En el presente trabajo se hace una revisión de algunas características de las dos especies en México, con especial atención en el único vector comprobado, el Aedes aegypti, así como un análisis crítico sobre los métodos de monitoreo de vectores; de la relevancia de éstos para la aplicación más adecuada de las estrategias de control y algunas ideas sobre los requerimientos inmediatos en materia de investigación en México.

ABSTRACT

The mosquito Aedes (Stegomyia) aegypti (Linneaus, 1762) is the vector of dengue viruses in America. Recently, another related species, Aedes albopictus (Skuse, 1894) was first introduced to America in 1986 in Texas, USA and later on in Sao Paulo, Brazil. Since then, this mosquito has rapidly colonized new areas along the northern border states of Mexico. The importance of this species as a vector of dengue virus is not clear. This work presents a revi-sion of some characteristics of the two species in Mexico, with special emphasis in the documented vector, A. aegypti. Additionally, it includes a critical analysis of the methods for vector surveillance and its importance for a better application of control strategies, as well as some ideas about research needs and priorities in Mexico.

Introducción

EXISTEN VARIAS ESPECIES de mosquitos en el mundo que han sido asociadas a la transmisión de los virus del dengue y todas ellas pertenecen al subgénero Aedes (Stegomyia). Especialmente importantes son el Aedes aegypti (Lineo, 1762), el Aedes albopictus (Skuse, 1894) y las que se incluyen en el grupo Aedes scutellaris,1 pero con excepción de algunas áreas de Asia en donde se encuentran y funcionan como vectores secundarios, el Aedes aegypti es el principal responsable de la transmisión en el mundo. Reciente­mente, otra de las especies vectoras, el Aedes albopictus, ha aumentado su distribución geográfica2-4 alcanzan­do ya la frontera norte de algunos estados de México, s lo que significa la presencia de un vector comprobado y de otro probable en nuestro país.

En este trabajo se hace una revaloración de algunas características de las especies presentes en México que han sido relacionadas con la transmisión del dengue que se consideran como factores importantes para ser tomados en cuenta en la adecuación, en la medida de lo posible, de programas de vigilancia entomológica y, por consiguiente, de aquéllos relativos al control de pobla­ciones del vector.

AEDES AEGYPTI

Parece ser que esta especie apareció inicialmente en Africa, aumentando su distribución en tiempos históricos. Se cree que colonizó el continente americano al ser introducida por el hombre en los viajes de conquista. De esta forma, hace algunos años se le consideró cosmotro­pical, presente en las regiones del globo entre las isoter­mas de 20°C,6 y más recientemente con distribución circuntropical y subtropical, dentro de los límites de los 35° de latitud norte y los 35° de latitud sur, correspon­diente a los límites de la isoterma de verano de 10°C, con ciertas expansiones a regiones más frías en las épocas del año más calurosas.7 En términos generales, se le ha en­contrado en áreas geográficas con una temperatura me­dia anual mayor a los 16.9°C.

El interés en esta especie de mosquito inició con el trabajo de Carlos Finlay8 en el que expresa su hipótesis sobre el papel de la misma en la transmisión del agente causal de la fiebre amarilla; tiempo después esto se comprobó mediante los experimentos de Walter Reed, James Carroll, Jesse W. Lazear y Aristides Agramonte.9

En México, las medidas para controlar al Aedes ae­gypti comenzaron a aplicarse por iniciativa de Eduardo Liceaga entre los años de 1901 y 1903, mediante la crea­ción de la Campaña contra la Fiebre Amarilla, bajo los lineamientos de la Comisión Americana de Fiebre Amarilla.10 Esta campaña se efectuó mediante el de­sarrollo de ingeniería sanitaria y la aplicación de petró­leo como larvicida a los cuerpos de agua que funcionaban como criaderos. La aplicación de dichas estrategias con­dujeron a la eliminación de los casos de fiebre amarilla en el puerto de Veracruz para el año de 1909. El mo­vimiento armado de la Revolución Mexicana interrum­pió el trabajo de la campaña y como resultado volvieron a presentarse casos de la enfermedad. En el año de 1920, se reanud ó la campaña con la colaboración del doctor Hideyo Noguchi, de la International Health Division, Fundación Rockefeller,11 registrándose el último caso en el puerto mencionado hacia el año de 1923.12 En ese año, Connor13 calculó que el mosquito se encontraba distri­buido en 59.02% del territorio mexicano, tomando en consideración su distribución altitudinal que en aquel entonces aparentemente no rebasaba los 1 000 metros. Para el año de 1925, el doctor Carlos C. Hoffmann ca­pacitó al personal del programa Anti-Aedes de Veracruz, cimentando también, en forma paralela, los fundamentos de la campaña antianofelínica; el programa consistió en obras de ingeniería sanitaria y petrolización de cria­deros, labores que se llevaron a cabo hasta la década de los años cuarenta.

Con la introducción del diclorodifeniltricloroetano (DDT) en México en el año de 1945, y tras la comproba­ción de su poder insecticida, el gobierno comenzó su aplicación intradomiciliar con la asesoría de la Fundación Rockefeller, con el objeto de eliminar los problemas de paludismo y fiebre amarilla urbana. En 1950 se creó la Oficina de Profilaxis de la Fiebre Amarilla por convenio entre la Secretaría de Salubridad y Asistencia y la Oficina Sanitaria Panamericana. Con el uso del insecticida, ciuda­des como Colima y Manzanillo fueron liberadas del Aedes aegypti desde 1952.

En 1954 y 1955 se reanudaron los trabajos de en­cuesta y de control en el sureste del país. Paralelamente a las labores de la Comisión Nacional para la Erradi­cación del Paludismo en su primer año de marcha (1956), se efectuaron nuevos estudios respecto a la posibilidad de erradicación del Aedes aegypti, y se obtuvieron resultados prometedores. De esta forma y dada la oportunidad de erradicación, se creó en 1956 el Servicio Nacional Antimosquito (SNA) el cual fue reestructurado un año más tarde bajo la dirección del doctor Adrián Torres Muñoz con dos jefaturas de cam­po, la de Erradicación del Aedes aegypti, a cargo del doctor Isaac González Paredes y la de Vacunación y Estudios sobre Fiebre Amarilla Selvática, a cargo del doctor Miguel Chávez Núñez. Al mismo tiempo se creó un Laboratorio Central para el Estudio Entomológico, primero a cargo del doctor Nettel Flores y después del profesor Alfonso Díaz Nájera.12 Hacia 1961, buena parte del territorio se encontraba libre del vector. Por ese año, se detectaron poblaciones de Aedes aegypti resistentes al DDT en Trinidad, Puerto Rico, República Dominicana y Jamaica. En México se confirmó la inexistencia de esta especie y para el año de 1963 el país se declaró libre del Aedes aegypti.13

El logro de su eliminación fue minado al reinfestarse el territorio nacional, primero por la frontera norte en 1965 y después por la sur en 1977.14 Paulatinamente, la especie colonizó las áreas del país con altitud menor a los 1200 metros. El lapso en el que el mosquito no interaccio­nó con el hombre, y el desarrollo de la vacuna antiamari­lica, fueron determinantes para que la enfermedad dejara de ser un problema urbano; pero, en su lugar, el dengue emergió como un problema de salud en el territorio me­xicano, aún vigente en nuestros días. Como el dengue es una enfermedad viral que puede ser catalogada como metantroponótica, donde sólo quedan involucrados el hombre (como virtual huésped único) y el mosquito transmisor, el área geográfica de transmisión equivale al área de distribución del insecto vector. Cabe plantear las siguientes preguntas: ¿cuáles son los factores con­dicionantes de la distribución del Aedes aegypti? y ¿cuál es la distribución actual de esta especie en México?

Los factores responsables más importantes de la dis­tribución de esta especie pueden dividirse en dos grandes grupos: los factores intrínsecos (inherentes a la especie) y los factores extrínsecos (relativos al ambiente que in­ciden sobre la especie). Dentro de los factores intrínsecos es posible mencionar la capacidad de diapausa (in­terrupción temporal del desarrollo) en estado de huevo; la plasticidad genética favorecida por su ciclo de vida rápido y consecuentemente la alta tasa generacional; así como -al menos en América- la preferencia de la hembra por ovipositar en cuerpos de agua relativamente pequeños, mantenidos por recipientes manufactura­dos por el hombre, un tipo de microambiente de apari­ción muy reciente en escala geológica que -aunque recurren a él un gran número de otras especies de ma­croinvertebrados-, representa un microhábitat donde una especie recientemente introducida, ajena al complejo engranaje biocenótico nativo resultado de la coexisten­cia evolutiva, encuentra recursos en abundancia y pocos factores que limitan su densidad poblacional.

Por su parte, aunque estrechamente relacionados con los anteriores, los factores extrínsecos más significativos involucrados con el incremento poblacional de la especie lo constituyen el desequilibrio del ecosistema asociado al aumento de la población humana y como consecuencia el hacinamiento ola colonización de nuevas áreas; la di­ficultad que representa elevar la calidad de vida de un gran número de personas en términos de vivienda, cober­tura de servicios (drenaje, agua potable con disponibi­lidad continua en cada domicilio, disposición adecuada de desechos y basura) y educación higiénica; así como los movimientos poblacionales humanos y el desplazamien­to de productos infestados con huevos del mosquito como las llantas. Estos factores son tomados en cuenta, ya que en América el Aedes aegypti muestra sinantropía cla­ra, encontrándose sólo en relación con los asentamientos humanos, ya sean urbanos, suburbanos o rurales.

Tomando en consideración ambos grupos de factores, no es de extrañar que el Aedes aegypti se encuentre en cualquier lugar que cubra sus requerimientos ecoló­gicos, sin importar las posibles barreras físicas (mon­tañas, océanos, desiertos, etc.) o biológicas (comunidades vegetales y animales inalteradas que separen un asen­tamiento humano de otro).

Para que las poblaciones de Aedes aegypti se esta­blezcan en un lugar es necesario: a) la presencia de cuerpos de agua lénticos relativamente pequeños y no contaminados con permanencia tal que permita completar los ciclos de vida; b) una fuente alimentaria sanguínea para las hembras grávidas; c) poblaciones de otros organismos en densidades que no impacten negativa­mente a la población de este mosquito; y d) en general, una temperatura media anual mayor a los 16.9°C, entre otros.

El agua de lluvia se acumula en una gran variedad de recipientes expuestos, entre los que destacan los de dese­cho que no han sido adecuadamente eliminados, huecos en el pavimento o suelo, floreros de panteones e incluso huecos de árbol, axilas de hojas, cáscaras de frutas, etcéte­ra, lo que determina que las áreas más importantes sean aquéllas con mayor precipitación. Sin embargo, algunas de las condiciones extrínsecas mencionadas, como la falta de agua entubada con disponibilidad regular en cada domicilio (por lo que las personas tienen que acu­mular agua para uso doméstico, que frecuentemente de­jan expuesta), determinan que en áreas con precipitación pluvial escasa también existan a lo largo del año am­bientes de crianza para la especie.

La disponibilidad de sangre para la especie no consti­tuye un problema, ya que el Aedes aegypti tiene hábitos hematófagos con grado marcado de antropofilia. Aunque los estudios sobre competencia interespecífica por los recursos y sobre los enemigos naturales (depredadores, parasitoides y parásitos) son extremadamente escasos en México, es obvio que en el tipo de cuerpos de agua descritos como preferentes para la especie -y donde regularmente se encuentra en gran número-, aunque los competidores o enemigos existan, no se encuentran en abundancia suficiente como para limitar la población a tamaños que no representen un peligro epidemiológico. No tomando en cuenta estos factores, la temperatura constituye el único factor limitativo importante de la distribución.

Por su situación geográfica, México presenta en su mayor parte climas cálidos; la variación de la tempera­tura se debe a las diferencias altitudinales de su topo­grafía. Los tipos de clima presentes en el país, según la clasificación de Kóppen modificada por García, son: A (tropicales lluviosos, con temperatura del mes más frío mayor a 18°C), con los subtipos Af (caliente húmedo con lluvias todo el año), Am (caliente húmedo con lluvias en verano) y Aw (caliente subhúmedo con lluvias en verano); C (templados húmedos y subhúmedos, con tem­peratura media del mes más frío entre -3° y 18°C y la del mes más caliente mayor de 6.5°C) con los subtipos AC (semicálido con temperatura media anual superior a 18°C), Cw (templado subhúmedo con lluvias en verano), Cf (templado húmedo con lluvias todo el año); B (secos) con los subgrupos climáticos Bs1(h') (cálidos), Bs1(h) y Bs (semicálidos), Bk y Bk' (templados) y Bk" (semi-fríos), con los subtipos BS (árido) y Bw (extremadamente seco); y E (frío) con los subtipos ET (frío con tempe­ratura media del mes más caliente entre 0° y 10°C) y EF (frío con temperatura de todos los meses menor a 00C).15

Las áreas con climas E definitivamente no permiten el desarrollo del mosquito; algunos subtipos del tipo de clima C, p.e., Cf y Cw, pueden permitir su desarrollo en ciertas épocas del año, concretamente en las más ca­lurosas, pero los climas A con todos sus subtipos, el (A) C y los B(h'), B(h')h, Bh'(h) y Bh, permiten el desa­rrollo continuo de la especie a lo largo del año. En tér­minos generales, con sus excepciones regionales, los climas templados C y fríos E corresponden en México a sitios por encima de los 2 000 metros sobre el nivel del mar. Esto se traduce en que las áreas de riesgo del dengue son aquéllas por debajo de los 2 000 metros que posean temperatura media anual mayor de 16.9°C. Cabe hacer hincapié en que los cambios en el patrón de distribución manifiestan y nos obligan a recordar que las especies evolucionan, adaptándose o adecuándose a condiciones cada vez más severas, por lo que es indispensable su estudio o monitoreo continuo.

La idea de considerar el rango altitudinal de la especie hasta los 2 000 metros se puede sustentar prácticamente con los siguientes datos. En 1987 se re­gistró por primera vez en México una población del Aedes aegypti establecida en Tlayacapan, un poblado del estado de Morelos a una altura de 1 630 metros16 y más tarde un brote de dengue en Taxco, Guerrero a 1 735 metros de altitud.17 Estos registros por encima de los 1200 metros, aunque escasos, demuestran que no es posible mantener la idea de que el Aedes aegypti se dis­tribuye sólo por debajo de los 1 200 metros. Si se analizan estos dos ejemplos desde el punto de vista cli­mático, se tiene que las dos localidades tienen un tipo climático A C con temperatura media anual de 19.3°C y 21.6°C respectivamente, lo que favorece el desarrollo de la especie. En otros países americanos más cercanos al Ecuador, el Aedes aegypti se ha encontrado hasta los 2 200 metros (en Colombia), donde a pesar de la altura la temperatura media anual es superior a los 17°C.7 Mientras no se realicen encuestas entomológicas en áreas por encima de los 1200 metros sospechosas con base en el criterio climático referido, no se conocerá la presen­cia de la especie y por lo tanto vastas zonas del territorio quedarán desprotegidas ante la posibilidad de brotes de la enfermedad.

Por lo anterior, creemos que es necesario sustituir el criterio de altitud por el de temperatura para establecer las áreas de riesgo de transmisión de dengue, sustentado en la posibilidad de presencia del mosquito vector. La figura 1 da una idea global de las áreas donde es factible el desarrollo del Aedes aegypti en México, pero se reco­mienda el uso de las cartas climáticas de mayor escala editadas por el Instituto Nacional de Estadística, Geogra­fía e Informática (INEGI) o, en su defecto, la consulta de los datos generados por las estaciones meteorológicas re­gionales. Con esta base, después sería indispensable rea­lizar monitoreos entomológicos en las épocas más calurosas del lugar sospechoso, a fin de establecer la presencia, ausencia o permanencia temporal de la espe­cie a lo largo del año. Dichos esfuerzos conducirían a la estratificación de áreas donde la transmisión pudie­ra comportarse como endémica, epidémica o esporádica.



En un enfoque microdistributivo, por ejemplo, los lu­gares o sitios -microhábitats de un ecosistema particular, como serían los de desarrollo de los estadios juveniles o de reposo de los mosquitos adultos- en relación con un poblado o una vivienda, existen también características de la especie que convendría recordar. Se ha indicado que el Aedes aegypti puede considerarse como sinantrópico (distribución determinada por el hombre). Es de todos sabido que hasta hace algunos años la especie se consi­deraba urbana y suburbana, pero actualmente son cada vez más frecuentes los registros de la especie en localida­des rurales, aunque no se ha detectado en lugares silves­tres alejados de asentamientos humanos. En este caso, el riesgo de transmisión será mayor en una ciudad con alta densidad humana a menor altitud que en un poblado pequeño con baja densidad humana a mayor altura sobre el nivel del mar.

Diversos factores ecológicos determinan una dis­tribución diferencial de las poblaciones de mosquitos no sólo en sentido espacial sino también temporal. Se ha mencionado que el Aedes aegypti muestra preferencia por cierto tipo de depósitos con agua para la oviposición, algunos de los cuales favorecerán la esperanza de vida de la siguiente generación. En general, la especie es más frecuente en los recipientes artificiales que en otro tipo de contenedores naturales. Es común que los estudiosos en el tema los clasifiquen de la siguiente manera: reci­pientes artificiales para el almacenamiento de agua de uso (pozos o norias, cisternas, albercas, tinacos, tanques, tambos, barriles, cubetas, tinajas, lavaderos, depósitos de agua de los inodoros, lavadoras, cántaros, bebederos para animales, etc.); recipientes artificiales desechados (llantas usadas de vehículos, utensilios domésticos, en­vases como latas, frascos y botellas); receptáculos artificiales ornamentales (floreros, fuentes, etc.), estruc­turas arquitectónicas (tejas, discontinuidades del piso, canales de drenado para el agua de lluvia mal diseñados, etc.); contenedores naturales cercanos a las viviendas como huecos de árboles, axilas de hojas, cañas de bambú y huecos de roca.

Además de la mayor preferencia por los recipientes artificiales, existe diferencia en la afinidad por cierto tipo de contenedores, y no todos tienen la misma capacidad de carga poblacional. Hay contenedores que pueden servir para la crianza de un número pequeño de individuos en lapsos muy cortos, otros que soportan pocos individuos pero mantienen una productividad continua a lo largo del año, otros que soportan densidades poblacionales muy altas por lapsos cortos y otros más durante todo el año.

Es extremadamente difícil eliminar la totalidad de posibles criaderos alrededor y dentro de una vivienda y más aún de un poblado o una ciudad completa. Si se to­mara en cuenta la capacidad productiva de los diferentes tipos de contenedor en relación con el Aedes aegypti, los esfuerzos para el control poblacional podrían enfocarse a los microambientes más productivos.

De manera práctica, es necesario entender que para abatir las poblaciones del vector en un lugar, no es nece­sario eliminar todos los criaderos potenciales (lo que sería imposible), sino hacerlo con los más productivos, apro­vechando el tiempo y el esfuerzo del personal disponible que frecuentemente es insuficiente. Sin embargo, no hay regla para su catalogación que tenga una aplicación uni­versal. El tamaño del cuerpo de agua, su permanencia temporal, la calidad del agua en términos químicos (oxí­geno disuelto, pH, nitritos y nitratos, amonia, salinidad, sustancias contaminantes, sustancias orgánicas en des­composición, etc.) y físicos (temperatura, grado de in­solación, movilidad, etc.), flora y fauna, son factores indudablemente condicionantes. Es necesario realizar in­vestigaciones formales que ayuden a correlacionar estos y otros factores con la ausencia, presencia y dinámica poblacional de los individuos adultos y con esta base hacer estudios comparativos sobre la capacidad diferen­cial de los distintos contenedores respecto a su productividad. Sin embargo, aunque puede parecer una labor sencilla -que desde luego no lo es-, la situación se complica, ya que las condiciones ambientales, la flora y la fauna asociadas no son las mismas en las distintas regiones del país.

La calidad de vida y los patrones culturales diferen­tes de los mexicanos a lo largo y ancho del territorio, determinan diferencias en los recursos disponibles para el Aedes aegypti. Mientras en un poblado del norte de México los tambos son ampliamente utilizados como depósitos de agua y funcionan como sitios de crianza productivos, en Chiapas es común el empleo de piletas, mientras que éstas en Yucatán no existen, por lo que la importancia relativa de los diferentes tipos de contene­dor como criaderos es variable.

Estudios conducidos a lo largo del año en dos pobla­ciones mayas de la península de Yucatán demuestran que el Aedes aegypti puede encontrarse criándose en huecos de roca, oquedades de plantas, diversos recipientes de­sechados en los propios patios de las casas o en terrenos baldíos -incluyendo botes, botellas, utensilios viejos y neumáticos usados-, y pozos de agua. No obstante, la frecuencia de positividad fue extremadamente diferente en los distintos tipos de contenedor, siendo el más im­portante de todos las llantas usadas. Además, la capa­cidad de carga poblacional de los diferentes tipos de reci­pientes fue marcadamente distinta, siendo las llantas las más productivas y persistentes a lo largo del año. Es factible que si en estos lugares se eliminaran los neu­máticos la población del mosquito pudiera ser abatida a niveles de bajo riesgo. Otro aspecto a ser evaluado, es el valor que, con base en los patrones culturales cada persona tiene respecto a los objetos que nosotros consi­deramos como desechables. En los poblados estudiados, los habitantes evidentemente consideran a las llantas ob­jetos útiles que difícilmente accederían a eliminar. Para hacer más evidente esta última aseveración, se debe decir que en uno de ellos, ningún habitante posee vehículo, pero se encontró un promedio de ocho llantas por domicilio. En este caso ¿podemos seguir considerando como dese­chables a las llantas?18

Los estudios sobre estos aspectos ecológicos deberían fomentarse regionalmente, al tiempo en que se realizara periódica y sistemáticamente el monitoreo entomológico de vigilancia epidemiológica del dengue. Dichos estudios podrían ser extremadamente útiles para la predicción de áreas y épocas de riesgo de transmisión que permitieran la aplicación de las medidas de control poblacional del mosquito tiempo antes de comenzar a registrarse casos de la enfermedad.

AEDES ALBOPICTUS 

Hasta hace poco, la proliferación del Aedes albopictus estaba restringida a Asia y las islas del Océano Pacífico. En fechas recientes, esta especie -se ha propagado a Norteamérica, Brasil, algunos países de Europa y Africa.2-4,19 En América, las colonizaciones han ocurrido al menos en dos ocasiones: una en-Norteamérica y otra en Sudamérica. En 1985, se descubrió que el Aedes albopictus se había establecido en el condado de Harris, en Houston, Texas20 y en 1986, se informó su hallazgo en los estados de Río de Janeiro, Minas Gerais y Espirito Santo, Brasil? A partir de su arribo, la población nortea­mericana aumentó su distribución, a tal grado que para el año de 1988 se había detectado su presencia en 17 es­tados de la Unión Americana, y en una llanta en Mata­moros, Tamaulipas, México.21 La especie no volvió a encontrarse en México hasta los últimos meses de 1992,* y finalmente se confirmó su presencia en pobla­ciones establecidas en algunas ciudades fronterizas de Coahuila, en 1993.5 En ese tiempo, ya se encontraba en 23 estados de EUA. En nuestros días, esta especie se localiza en las poblaciones fronterizas de Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila, detectada en este último estado hace poco en la localidad de Múzquiz.22

* Instituto Nacional de Diagnóstico y Referencia Epidemiológicos. Confirmación del Aedes albopictus en México y recomendaciones para la vigilancia entomológica. México, D.F.: Secretaría de Salud, 1993.Documento no publicado.

La especie ha sido referida en repetidas ocasiones como transmisora en brotes epidémicos de dengue clásico y hemorrágico en Asia,23,24 siendo incluso considerada como vector eficiente de los cuatro serotipos del virus del dengue, tanto horizontal como verticalmente, entre muchos otros arbovirus y otros agentes causales de enfermedad.25,26 Estudios efectuados con mosquitos de la población norteamericana de esta especie indican que son capaces de transmitir con eficiencia los cuatro se­rotipos de los virus del dengue;27 sin embargo, a la fecha no existen evidencias de que las poblaciones ameri­canas (la de Norteamérica y la de Brasil) hayan estado involucradas en ningún brote de dengue o de alguna otra enfermedad.3,28,29 En este sentido, son importantes los monitoreos entomológicos periódicos y sistemáticos de la especie en México, con objeto de saber cuáles son los cambios en su distribución y detectar alguna evidencia epidemiológica sobre su posible importancia.

El Aedes albopictus se cría en Asia en contenedores artificiales y en huecos de árboles, en áreas urbanas, sub­urbanas, rurales y silvestres alejadas de asentamientos humanos;28 sin embargo, estudios efectuados en Estados Unidos indican que la población norteamericana utiliza primariamente contenedores artificiales, con preferen­cia a ocupar llantas usadas y floreros de cementerios.19 Este comportamiento es similar al encontrado por el au­tor principal y colaboradores en Coahuila.5 Por tal razón, O'Meara y colaboradores 19 indican que el monitoreo sobré el comportamiento distributivo' de la especie puede ser enfocado a los cementerios y depósitos de neu­máticos, facilitando con ello las labores de estudio.

Por la distribución actual del Aedes albopictus en EUA, es evidente que la temperatura media anual que soporta dicha población es considerablemente inferior a la indicada para el Aedes aegypti. Esto podría implicar que mediante el transporte de llantas usadas al inte­rior de México, la especie pudiera establecerse en sitios donde las condiciones climáticas fueran similares a la de latitudes más norteñas dada su altitud. Pero ¿por qué no se ha observado la presencia en las ciudades de Méxi­co con clima templado que reciben cargamentos de llantas usadas, algunas de las cuales no han sido fumi­gadas? Una hipótesis es la adaptación del Aedes albo­pictus al fotoperiodo de latitudes por encima de los 28° norte,28 pero es probable que la especie se adapte y con­tinúe su diseminación hacia el sur como ha ocurrido en Florida en los últimos años.19

Un fenómeno interesante es el desplazamiento com­petitivo ejercido sobre otras especies. O'Meara y colaboradores encontraron un decremento paulatino del número de Aedes aegypti y de Aedes triseriatus (Say) en los contenedores ocupados por el Aedes albopictus.19 A pesar de la escasez de datos recabados en Coahuila, esto parece estar ocurriendo también en México,' lo que con el transcurso del tiempo podría implicar un cambio interesante en la epidemiología del dengue. Por ello es una labor necesaria realizar encuestas dirigidas en panteones y depósitos de llantas usadas a lo largo del año para monitorear la distribución de la especie en México.

ANÁLISIS DE LOS MÉTODOS PARA ESTIMAR LA DENSIDAD DE VECTORES Y SU. IMPORTANCIA PARA EL CONTROL

La dificultad práctica de estimar la densidad poblacional de los vectores del dengue con base en el estudio de los adultos, radica principalmente en su observación y recolección en el campo, y no necesariamente en los procedimientos de gabinete. Los estimadores más adecuados serán aquellos que puedan llevarse a cabo como un trabajo rutinario de monitoreo periódico por el personal técnico disponible. Por esta razón, en todos los países con problemas de dengue, las acciones de monitoreo de poblaciones de Aedes aegypti y de Aedes albopictus se basan en el estudio de los estados juve­niles (huevo, larva y pupa), que por su condición de vida acuática pueden ser ubicados fácilmente en los cuerpos de agua de los alrededores e interior de las vi­viendas. No obstante, los índices larvarios universal­mente empleados, aunque pueden aportar una estimación poblacional de los mosquitos, frecuentemente son difí­ciles de correlacionar con el riesgo de transmisión del dengue.

La vigilancia entomológica es útil para determinar los cambios de la distribución geográfica y temporal de los vectores, para obtener una estimación de la densidad poblacional en el tiempo y para aportar las decisiones apropiadas y aplicar las medidas de control en el mo­mento más adecuado. La vigilancia entomológica es la herramienta que permite identificar las áreas con mayor densidad poblacional o las épocas del año en que ésta se eleva, así como para comprobar la ausencia de los mos­quitos vectores en poblados, además de establecer la susceptibilidad de la población de una región concreta a los insecticidas empleados.29

Los métodos generales de estudio entomológico empleados son: vigilancia larvaria directa, larvitram­pas, ovitrampas, captura de adultos mediante cebo hu­mano, captura de adultos en sitios de reposo, bioensayos con insecticidas en larvas y adultos, y pruebas de susceptibilidad de larvas y adultos. La vigilancia lar­varia directa es útil para conocer el estado de infes­tación, para monitorear los programas de control, para la vigilancia de áreas en riesgo de reinfestación, para ve­rificar la posible erradicación, así como evaluar los mé­todos de control.

Las larvitrampas y las ovitrampas son útiles para casos de baja infestación, para la vigilancia de áreas en riesgo de reinfestación, para verificar la posible erra­dicación y para evaluar los métodos de control. Su empleo, con el fin de establecer grado de infestación o densidad poblacional, es limitado. Los huevos o las larvas presentes en ellas pueden pertenecer a un número variable de hembras, ya que éstas no necesariamente tienen la misma capacidad de producción de huevos. Por otro lado, su efectividad varía dependiendo del nú­mero y calidad de los cuerpos de agua existentes en el lugar que compiten con las trampas.

El cebo humano llega a emplearse para verificar la posible erradicación y evaluar los métodos de control, mientras que la captura en sitios de reposo sólo es útil para evaluar las estrategias de control.29 Así, la impor­tancia del monitoreo larvario directo como proce­dimiento, rebasa la de otros métodos de vigilancia entomológicos.

Existen al menos cinco índices entomológicos de uso generalizado aplicables al estudio de Aedes con relación al dengue,30 donde la unidad básica de muestreo es la casa. Los tres índices más utilizados en México son:1,29,30

Indice de casa. Es el porcentaje de casas infestadas con larvas, pupas o ambos estados de desarrollo del Aedes aegypti o Aedes albopictus, expresado como:

En este caso, se revisan los contenedores de la vi­vienda y sus alrededores; se registra como positiva cuando al menos un contenedor presenta larvas o pupas de Aedes aegypti o de Aedes albopictus.

Indice de recipiente. Es el porcentaje de contenedores con agua examinados que contienen larvas o pupas de Aedes aegypti o de Aedes albopictus:

 
En este índice se revisan todos los contenedores con agua de los alrededores y del interior de la vivienda, registrando aquellos donde se observen larvas o pupas de Aedes aegypti o de Aedes albopictus. Una modifi­cación a este índice es considerar a los positivos de todos los criaderos potenciales, tengan o no agua, pues aportan datos interesantes que pueden servir para estimar la variación entre la época de sequía y de lluvias, pero en muchos casos, cuantificarlos es una labor ardua y depende del criterio del encuestador para considerar uno u otro recipiente como criadero potencial.

Indice de Breteau. Es el número total de recipientes con larvas, pupas o ambos de Aedes aegypti o de Aedes albopictus por 100 casas:


En este caso se revisan y registran todos los conte­nedores positivos a cada especie vectora, analizando el total en relación con las casas estudiadas. Tanto en este índice como en el anterior, es posible desarrollar encues­tas específicas tomando en consideración por separado los diferentes tipos de contenedores, (p.e., llantas, floreros, piletas, etc.), lo que ayudaría a distinguir los criade­ros más importantes y enfocar las medidas de control hacia los más significativos.

El índice de casa ha sido el de mayor uso por muchos años, pero no contempla la proporción de contenedores positivos ni tampoco el grado de producti­vidad de cada uno de ellos. El índice de contenedor sólo provee información respecto a la proporción de conte­nedores con agua que son positivos y el índice de Breteau establece una relación entre los contenedores positivos y las casas, considerado éste como el más informativo de los tres, motivo por el cual ha sustituido al índice de casa, aun cuando tampoco toma en consideración la productivi­dad diferencial de cada criadero.29

Por las características de estos índices se puede consi­derar que los tres son complementarios y se pueden ob­tener mediante el mismo esfuerzo operativo.

La interpretación de los tres índices en relación con el riesgo epidémico puede ser muy difícil31 Service.30 menciona que los intervalos de riesgo epidemiológico son: índice de casa de 4 a > 35; índice de contenedor de 4 a >20 e índice de Breteau de 3 a >50; por ejemplo, se ha establecido que un índice de Breteau por debajo del 5% representa un estado de "seguridad epidemiológica" y de impacto satisfactorio de los programas de control; sin embargo, es frecuente en los poblados que una casa presente una cantidad mucho mayor de contenedores po­sitivos (dado, por ejemplo, por los hábitos higiénicos de la familia) respecto a la mayoría de las demás, lo que provoca que los valores obtenidos no reflejen la situa­ción real del poblado bajo estudio. Otro caso que com­plica la interpretación de los índices tiene que ver con la existencia de pocos criaderos muy productivos, de tal forma que el índice de contenedor será bajo, aun cuando la tasa de picadura sea alta.

Se han adicionado otros a la lista de índices ento­mológicos para la valoración epidemiológica del dengue. Uno de ellos pretende considerar la productividad de los criaderos en términos de número de adultos producidos, debido a que los anteriores son indicadores muy pobres a este respecto; este índice se basa en la cuenta de todas las pupas encontradas en cada contenedor y se expresa de la siguiente forma:

Este índice puede contemplar por separado cada tipo de criadero (llantas, piletas, tambos, etc.), lo que permi­tiría saber cuáles son los más productivos en un poblado en un tiempo específico; sin embargo, como en los casos anteriores, la identificación de la especie es necesaria, lo que no es factible más que en el laboratorio y se debe contar con un taxónomo especialista, y el trabajo que representa contar la totalidad de pupas de todos los re­cipientes en todas las casas inspeccionadas es una labor titánica.

Otro índice, el llamado de Stegomyia, fue propuesto por Bang y colaboradores en Nigeria;32 contempla el nú­mero de contenedores positivos/ 1 000 personas. A pesar de que puede parecer un índice epidemiológicamente más descriptivo que el de Breteau, éste tiene la dificultad práctica de que, además de obtener el número de contenedores positivos, requiere que se realice un censo de la población humana. Adicionalmente, sólo para mencionar los índices más conocidos, Chan33otros índices, de los cuales el que merece especial men­ción es el de densidad larval de Stegomyia, que se expresa:


En este caso, la dificultad práctica para obtener los datos es mucho mayor que en los índices anteriores.

El valor de los índices como indicador del riesgo epi­demiológico queda, en la práctica, disminuido por una serie de factores ajenos a su propia limitación. Los pro­blemas metodológicos involucran, como hemos observa­do en el campo, deficiencias en la toma y registro de datos y en la interpretación de resultados. A manera de ejemplo, es común que suceda lo siguiente:

1. El tamaño de muestra no es calculado adecuada­mente; por ejemplo, en una población con 5 000 casas, si se requiere detectar una infestación > 1 %, es nece­sario inspeccionar por lo menos a 290 casas .29 El cálculo para establecer el tamaño de muestra debe realizarse si se desea una representatividad estadís­tica confiable.
2. Los procedimientos de muestreo no están bien establecidos. Puede, escogerse entre los siguientes: muestreo sistemático, al azar simple, azaroso estratificado, o sectorizado.29 Estos se deben escoger con base en el tamaño del universo bajo estudio, tiempo disponible, cantidad de personal, capacidad presu­puestal, etcétera.
3. Las larvas y pupas de mosquitos deben ser identifi­cadas taxonómicamente por especie. Es frecuente que los recipientes se tomen como positivos ante la pre­sencia de larvas y/o pupas de mosquitos, sin importar a qué especie pertenezcan. Merece recordarse que en situaciones urbanas y suburbanas de la República Mexicana se pueden encontrar por lo menos, a una de 76 especies diferentes compartiendo el hábitat del Aedes aegypti o del Aedes albopictus (datos no pu­blicados por el primer autor de ese artículo) muchas de las cuales pertenecen al género Aedes y por lo tanto, no pueden ser reconocidas a simple vista, lo que falsea el resultado del índice.
4. Los índices más utilizados (los tres primeros) no con­templan la cantidad de individuos de Aedes aegypti o de Aedes albopictus de cada contenedor. Se ha visto que, dependiendo del criterio del técnico de campo, una casa puede ser considerada positiva al hallar só­lo una botella con una o pocas larvas; también lo es una vivienda con uno o varios contenedores muy produc­tivos (cientos o miles de individuos). Tal comparación nos muestra que la densidad poblacional del mos­quito no puede ser calculada mediante este índice.
5. Las encuestas entomológicas deben ser sistemáticas y periódicas por lo menos durante un tiempo suficien­te como para conocer la época del año más favorable para el incremento de las poblaciones de mosquitos
vectores y para poder reconocer los factores deter­minantes del incremento del riesgo en un lugar determinado.


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Discusión

El trabajo entomológico del dengue en México, es­pecialmente en relación con la vigilancia epidemio­lógica, puede dividirse en dos grandes quehaceres: el operativo y el de investigación. Ambos campos se re­troalimentan y no pueden ser concebidos de modo independiente. Respecto al operativo, existen algunos procedimientos que deben depurarse urgentemente:

1. Deben restablecerse las áreas de riesgo con base en los factores macro y microdeterminantes, por ejem­plo la distribución geográfica con base en criterio climático y encuestas para estratificar las áreas según el tipo de transmisión esperada (endémica, epidémica y esporádica), el nivel de organización de la pobla­ción humana y su condición de vida.
2. Es necesario optimizar los métodos existentes -en sentido operativo-, para la vigilancia entomológica del dengue, a fin de aprovechar al máximo los únicos elementos de juicio disponibles en forma práctica hasta el momento.
3. En la medida en que se aumente la calidad y preci­sión de los indicadores entomológicos en los progra­mas de vigilancia de los vectores de los virus del dengue, los métodos de control podrán optimizarse, siendo aplicados en las áreas de mayor riesgo en el momento más adecuado para evitar los brotes. A ma­nera de ejemplo, si la toma de datos para la obtención de los índices es adecuada y se catalogan y recono­cen los tipos de contenedores más productivos en una población dada a lo largo del año, se pueden detectar las tendencias de incremento de la población de mosquitos y por tanto, el momento justo de aplicación de las medidas de control, enfocando los esfuerzos a los contenedores más productivos (en cuanto a número de adultos).

Respecto a la investigación son muchos los aspectos que deben revisarse y otros tantos los que ameritanexplorarse. La investigación con fines de aplicación inmediata ha de abordar, entre muchos otros, los si­guientes puntos:

1. Determinar la distribución geográfica real del Aedes aegypti, con el objeto de conocer las áreas de riesgo de transmisión de los virus dengue y enfocar las medidas de control a las áreas que más lo necesiten.
2. Conocer la dinámica de colonización del Aedes albopictus en México, de tal forma que se controle su dispersión en caso de que se demuestre su capaci­dad de transmisión de los virus del dengue, lo que implicaría la aplicación de recursos para su combate.
3. Identificar las preferencias por los sitios de crianza de las dos especies y la productividad diferencial de cada uno de ellos, con lo cual podría dirigirse el es­fuerzo de control a los sitios más productivos au­mentando su eficiencia.

4. Demostrar las posibles interacciones competitivas entre las dos especies y de cada una de ellas con otros elementos de la fauna mexicana, para reconocer po­sibles alternativas para el control de sus poblaciones.
5. Diseñar índices más apropiados para la estimación del riesgo epidemiológico de transmisión. Estas in­vestigaciones deben explorar la posibilidad del cálculo poblacional y la elaboración de modelos predictivos de su densidad, mismos que podrían cimentarse en los factores intrínsecos (biológicos, conductuales, macro y microdistributivos, etc.), o en los extrínsecos (eco­lógicos, incluyendo clima, microclima, calidad del agua, características culturales y patrones conduc­tuales humanos, etc.), que sean factibles de ser apli­cados, ya sea en forma cotidiana o como estudio base regional que haga más eficiente la valoración del riesgo de transmisión.

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