Salud Pública de México

PRESENTACIÓNEL CÓDICE DE LA CRUZ BADIANO  LIBELLUS DE MEDICINALIBUS INDORUM HERBIS

PRESENTACIÓNEL CÓDICE DE LA CRUZ BADIANO  LIBELLUS DE MEDICINALIBUS INDORUM HERBIS

AUTORES

Dr. Juan Somolinos Palencia*

*Jefe del Departamento de Información Biomédica del Instituto Mexicano del Seguro Social. Miembro de la Academia Nacional de Medicina y de la Sociedad Mexicana de Historia y Filosofía de la Medicina.

Introducción

Hacia 1550 el Colegio de Santiago Tlatelolco tenía grandes problemas económicos, la institución creada por los frailes franciscanos de México enseñaba los principios de la cultura occidental a los hijos de indígenas nobles, pertenecientes a la monarquía del emperador Moctezuma. Los indios letrados, aquellos que habían recibido enseñanza europea en el Colegio, capaces en su mayor parte de hablar latín con elegancia y escribirlo con corrección, los que habían aprendido a escribir su idioma original, el nahuatl, con caracteres latinos y sabían expresarse y escribir en lengua castellana, estaban pasando un momento de penuria que hacía difícil la expansión cultural necesaria para que el proceso de aculturación europea en territorio mexicano se llevase a cabo.

Aquella penuria económica de 1550 fue producto de problemas administrativos por los que pasaba España en esos momentos, unidos a una serie de calamidades sufridas en México que repercutieron en su organización. Había muerto el obispo Zumárraga, uno de los principales promotores y el protector más decidido del Colegio. El pueblo mexicano no acababa de padecer la primera de sus grandes epidemias de cocoliztle, esa enfermedad aún mal identificada, pero de la cual nos cuenta el propio Bernardino De Sahagún que antes de enfermar él había enterrado en el pueblo de Tlatelolco más de 10 000 cadáveres. El país se encontraba desolado, desarticulado en su organización social y, para colmo de desgracias, el emperador Carlos V, patrono principal del Colegio, que socorría sus necesidades con una aportación anual de 1 000 pesos, pasaba en aquellos momentos por una de las situaciones más amargas de todo su reinado. Acosado por todas partes, escapó de milagro a una celada traidora que le tendió su enemigo Mauricio de Sajonia, atravesando de noche, en litera y por caminos agrestes, la cordillera de los Alpes. La hacienda española estaba en bancarrota, no había dinero en las arcas del Estado y el oro y la plata llegados de América apenas alcanzaban a cubrir las necesidades más perentorias. Carlos V sufría una terrible crisis depresiva, la que le llevó poco después a su retiro al monasterio de Yuste y, naturalmente, en esa terrible situación nadie se acordaba de las necesidades del Colegio mexicano.

Era necesario llamar la atención del rey, recordarle sus compromisos, y esto sólo podía conseguirse mediante un obsequio modesto pero llamativo ala vez. Las plantas medicinales de México habían llamado la atención en Europa, se las consideraba infalibles en muchas enfermedades y la farmacopea tradicional de Dioscórides y Galeno había tenido que admitir junto a los simples clásicos la incorporación de nuevos elementos llegados del otro lado del mar. El arte indígena de América, y sobre todo de México, también resultó elemento admirativo para los europeos. Probablemente con base en estos hechos, el Virrey Antonio De Mendoza, gran protector del Colegio, y los frailes franciscanos, sus directores y administradores, supusieron que un libro de plantas medicinales mexicanas reproducido en la primitiva técnica ilustrada de los aztecas podría servir de recordatorio digno, al mismo tiempo asequible al estado de pobreza padecido por el Colegio.

La obra se realizó bajo las órdenes de Fray Jacobo De Grado. Un médico indígena llamado Martín De la Cruz "experto por puros procedimientos de experiencia", probablemente dictó en su idioma nativo las propiedades y usos de los elementos terapéuticos obtenidos de la naturaleza y más usados en la medicina mexicana. Un discípulo trilingüe del Colegio, Juan Badiano, pasó al latín el texto o las palabras del médico, mientras que probablemente un tercer colaborador, cuyo nombre ignoramos, pero cuyo oficio de tlacuilo es evidente, pintó conservando glifos y procedimientos prehispánicos las mismas plantas que en el texto se citan.

El resultado fue un herbario de corte medieval, de estructura similar a los herbarios antiguos de Europa, pero con estilo pictórico y palabras que, por proceder de la cultura nahuatl, son completamente originales y distintas a las que podemos encontrar en ningún otro texto de los muchos escritos con el mismo propósito. Este Herbario, cuyo verdadero título es Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis, constituye para la historia médica de México una de las más importantes y menos contaminadas fuentes de información.

 



























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