Salud Pública de México

Nuestros terremotos

ARTÍCULO DE OPINIÓN

Nuestros terremotos
[Our earthquakes]

Paula Viveros-Wacher, MC,(1) Arnoldo Kraus-Weisman, MC.(2)

(1) Seminario Permanente de Bioética, Universidad Nacional Autónoma de México. México.
(2) Facultad de Medicina, Universidad Nacional Autónoma de México. México.

Viveros-Wacher P, Kraus-Weisman A. Nuestros terremotos. Salud Publica Mex 2018;60(supl 1):S105-S108. https://doi.org/10.21149/9349

Fecha de recibido: 18 de diciembre de 2017 • Fecha de aceptado: 18 de enero de 2018
Autor de correspondencia: Dr. Arnoldo Kraus Weisman
Correo electrónico: samuelweisman@gmail.com

Resumen

El terremoto de septiembre de 2017 sirvió para mostrar el rostro de la sociedad y la cara del Estado. El terremoto dividió en dos a México; uno de ellos, el de la ciudadanía, mostró su solidaridad; el del poder, rezagado e inoperante, quedó relegado ante la fuerza y entrega de la gente. La estructura social permite a las personas crear redes y difundir información que puede ser útil para manejar y confrontar desastres. Las bondades del capital social son vastas. Las experiencias previas y la nuestra enaltecen el papel de la comunidad y la trascendencia de la solidaridad, la empatía y del compromiso de quienes la ejercen.

Palabra clave: terremotos; desastres naturales; participación de la comunidad; México.

Abstract

September 2017 earthquake served us to reveal the face of society and the role of the State. The earthquake divided Mexico in two: one where citizens demonstrated their solidarity; and the other, an ineffective government which fell behind, displaced by the power and commitment of the people. Social structure allows people to create networks and share information that helps to manage and confront disasters. Social capital benefits are immense. Ours and previous experiences in earthquakes exalt the role of community and the transcendence of solidarity, empathy and of the commitment of those who exercise it.

Keyword: earthquakes; natural disasters; community participation; Mexico.


Los eventos negativos de la naturaleza retan. Ponen a prueba la salud y eficacia del Estado y de la sociedad. Maremotos, incendios forestales, sequías y terremotos son ejemplos. La salud de la sociedad no siempre refleja la de la patria. Las diferencias son más, mucho más visibles en naciones pobres, donde pobreza significa expolio y robo como parte de políticas en las que corrupción e impunidad son ejes rectores. México, como ejemplo; las catástrofes, como examen. Morir por hambre, pervivir sin oportunidades por falta de proteínas, fallecer en los desiertos estadounidenses en busca de sustento (pan) y de futuro (trabajo mal pagado, pero trabajo) o morir bajo toneladas de concreto por edificios mal edificados son parte de la insalubridad de nuestra nación y los ejes rectores de décadas de hurtos gubernamentales. México 2018: demasiados políticos ricos, millones de pobres sin futuro.

Los terremotos ponen a prueba el temple de la ciudadanía y la eficacia del Estado. Su crudeza –léase nuestros septiembres negros (1985 y 2017)– expone lo mejor del ser humano y lo peor de los gobiernos. Compasión, empatía, lealtad, hermandad, amistad y solidaridad son valores que, en el caso de la sociedad mexicana, cuando aquélla es ingente, afloran con magnanimidad. Ineficacia, letargo y desorden como retrato del canceroso binomio mexicano –corrupción e impunidad– muestran la disfuncionalidad del gobierno.

Los terremotos de septiembre de 2017, en Chiapas, Morelos, Puebla, Estado de México y Ciudad de México, sirvieron para mostrar, una vez más, el rostro de la sociedad y la cara del Estado. La sociedad respondió con celeridad, se entregó sin cortapisas y ofreció su mejor rostro: quien pudo ayudar, contribuyó; quien pudo movilizarse, se apersonó. Muchos innominados se entregaron. El otro, no existió: todos eran yo. En Ciudad de México, las clases sociales se diluyeron: miles de personas, peones, profesionistas, ricos, pobres, se entregaron sin ambages con tal de rescatar a las víctimas.

El Estado tardó en responder (un minuto vale más que sesenta segundos) y dilató en asumir sus responsabilidades. Como en otras ocasiones, las autoridades fueron incapaces de responder con prestancia y eficacia a los desastres de la naturaleza. La respuesta tardía mostró la cara desfigurada y las cojeras de nuestro Estado no Estado: nula, o casi nula, preparación de los cuerpos encargados para contener terremotos, enjuta o ausente parafernalia presta y funcional en las delegaciones: solicitaban martillos, clavos, palas…

Entre el 19 de septiembre de 1985 y el mismo día, 32 años después, la naturaleza cuestionó el bienestar social y gubernamental de nuestro país. Si bien es cierto, por fortuna, que en 2017 murieron menos personas, es también veraz que las lecciones emanadas del terremoto de 1985 no fueron (bien) aprendidas: explican los expertos que más de uno de los edificios derruidos o dañados, de haber sido construidos de acuerdo con las normas de construcción diseñadas tras el terremoto del siglo pasado, no deberían haberse colapsado; pero se colapsaron y dejaron huérfanos, viudos, viudas y padres sin hijos (no existe el término para describir esa situación).

Tras el terremoto de 1985 se creó el Centro Nacional de Prevención de Desastres, cuya misión consiste en “salvaguardar en todo momento la vida, los bienes e infraestructura de las y los mexicanos a través de la gestión continua de políticas públicas para la prevención y reducción de riesgos de desastres, por medio de la investigación y el monitoreo de fenómenos perturbadores, así como la formación educativa y la difusión de la cultura de protección civil, con objeto de lograr una sociedad más resiliente”.1 ¿Funciona –funcionó– ad hoc, no a medias, el Centro Nacional de Prevención de Desastres? No, no funcionó. Y, perdón por la pregunta siguiente, ¿a qué se refiere el final del documento: “con objeto de lograr una sociedad más resiliente”? La idea es tan inexacta e inadecuada como falsos los preceptos del enunciado antes citado.

Los expertos en sismos no explican, no tienen por qué hacerlo, lo que todos sabemos: la mayoría de las personas que murieron en 2017 fueron víctimas de la corrupción entre gobierno y empresas privadas. Prueba de ello es la impunidad: ¿cuántos de los dueños o ingenieros o políticos, de los edificios donde pereció la gente se encuentran encarcelados? Pocos, ¿uno?, ¿dos?, ¿tres?; pocos cuando se contabiliza el número de muertos. El mal funcionamiento de nuestro país –lo demuestra el día a día y lo confirma la madre Naturaleza– proviene, vide supra, de uno de los binomios más agresivos: el que suma corrupción e impunidad. Falta saber –nunca lo sabremos; es política del Estado no informar– cuántos servidores públicos concedieron permisos para construir indebidamente, cuántos servidores públicos, quienes no tienen nada de servidores ni de públicos, permitieron construir edificios con más pisos en estructuras diseñadas para soportar menos niveles.

Nunca, como lo dicta la enfermedad del Estado mexicano, sabremos la realidad. Lo que en cambio sí sabemos es que hay una relación (casi) directamente proporcional entre el número de muertos y el dinero recibido en forma ilegal.

El pueblo mexicano es solidario; lo dicen los no mexicanos. El gobierno mexicano no es solidario; lo decimos los habitantes de este país, los indocumentados muertos por inanición en los desiertos de Arizona o las personas sepultadas bajo los escombros de los edificios, en unos casos por pobreza –léase Juchitán, Oaxaca–; en otros, por la suma de corrupción, impunidad, negligencia, robo, inconciencia –léase Ciudad de México, no Ciudad de la Esperanza como gustan, gustaban, afirmar algunos políticos–.

Solidaridad es una bella palabra. La solidaridad, al igual que la empatía, se aprende. Se aprende en la casa, con padres y hermanos; en los primeros juegos, con familiares y amigos; en las calles, con vecinos pertenecientes a diferentes estratos sociales; en la escuela, con compañeros caídos en desgracia o con maestros que, además de enseñar literatura e historia, hablan del ser humano, de la otredad y de la responsabilidad hacia quienes menos tienen. La solidaridad construye y hermana.

En momentos de crisis –léase terremoto–, la solidaridad se convierte en eje rector. Desconoce fronteras y tiempos; reconoce urgencias y necesidades. La empatía, el hartazgo y desprecio contra las autoridades, la certeza de que los otros, en este caso las personas sepultadas bajo los escombros, son tan importantes como uno mismo, y la desconfianza sempiterna y desprecio hacia el poder –léase partidos políticos– son pilares de la solidaridad. A todos debe preocuparnos la realidad: el terremoto dividió a dos en México; uno de ellos, el de la ciudadanía, mostró pronto su solidaridad; otro, el del poder, rezagado e inoperante, quedó relegado ante la fuerza y entrega de la gente. La solidaridad no se ordena, nace; la solidaridad es una cualidad, en épocas yermas de valores éticos, es un bien preciado e insustituible.

El gran filósofo Emmanuel Lévinas (1906-1995) siempre enseña. En una conversación con Philippe Nemo, invoca, sotto voce, a Dostoievski: “Yo puedo sustituir a cualquiera, pero nadie puede sustituirse a sí mismo por mí”. Ser solidario, parece decir Lévinas, es, al lado de otros valores –beneficencia, justicia, altruismo–, principio ético. La solidaridad se vincula con las razones por las cuales Jesús María Ayuso Díez y otros sostienen que “anterior a la ontología es la ética”.2 En un mundo tan descompuesto como el nuestro, los currículos escolares iniciales deberían modificarse: ética como pilar, ética en todas sus modalidades año tras año. Los principios rectores de la ética y sus ramificaciones, i.e., solidaridad, son imprescindibles.3

Durante el terremoto de septiembre de 2017 en la Ciudad de México –escribimos sobre ella por ser nuestra morada, sin que menospreciemos la solidaridad en el resto del país–, al igual que en el de 1985, afloraron una serie de valores propios del ser humano, cuyo común denominador fue la solidaridad. Los edificios derruidos pronto se inundaron de miles de manos y, al cabo de las horas, de nuevas manos: primero de voluntarios anónimos y, más tarde, de los miembros de instancias oficiales.

Las catástrofes producidas por la naturaleza conllevan múltiples desafíos. El más visible es la respuesta humana de seres anónimos. Las manos y las voces innominadas, las que ayudan en cualquier conflicto y se entregan sin saber el nombre ni conocer el rostro del otro son esencia humana, y son parte del universo de la responsabilidad, de mi responsabilidad hacia otro ser humano. Esencia se refiere a valores éticos, morales, cuya simiente se crea, como se señaló páginas atrás, en las casas primigenias: útero, morada materna/paterna, escuela y calles de la infancia.

En La autoridad del sufrimiento. Silencio de Dios y preguntas del hombre, de F. Bárcena y cols. José María Mardones reflexiona sobre lo que él denomina el punto cero de la solidaridad humana “Los seres humanos confraternizamos, antes que en cualquier otra condición o comunidad familiar, cultural, y aun genética, en esta condición de seres heridos y rotos por el dolor, el sufrimiento y la muerte. Estamos ante lo que pudiésemos llamar la solidaridad más elemental, el punto cero de toda solidaridad humana”.4 El punto cero de Mardones es absoluto: es parte de la condición humana, de la ética como esqueleto; las tristezas, la miseria, las fracturas y la infelicidad de otros devienen solidaridad. Minutos después del terremoto, la sociedad se movilizó. Sobraban motivación y entrega. Desapareció el yo, importaron él y ellos.

Las consecuencias dañinas en la población resultan de las interacciones entre los fenómenos naturales y la vulnerabilidad previa, lo que, de acuerdo con los expertos, se denomina riesgo ante el desastre.5 Dos circunstancias. Primera: los fenómenos físicos que provocan pérdidas humanas y materiales tienen características propias como intensidad, frecuencia, localización y probabilidad de ocurrencia. Segunda: los daños físicos y humanos dependen de las condiciones sociales, económicas y ambientales previas. Ergo: la vulnerabilidad ante los desastres retrata la salud o la insalubridad política. La inequidad en nuestro país –léase Juchitán– y la corrupción endémica de la cual somos víctimas –léase edificios colapsados en Ciudad de México– fue determinante: demasiados muertos, demasiados deudos, pocos políticos y empresarios encarcelados.

En el mismo tamiz, Pierre Bourdieu (1930-2002), a partir de la sociología, acuñó el término capital social; la idea ha cobrado interés al estudiar la naturaleza de los desastres. Capital social, explica Bourdieu, representa “el conjunto de recursos actuales o potenciales relacionados con la posesión de una red de relaciones más o menos institucionalizadas de entre-conocimiento y entre-reconocimiento; o, en otros términos, con la adhesión a un grupo”.6 Capital social implica solidaridad; su desarrollo y fuerza dependen del individuo y de la comunidad, por fortuna, bien intrínseco de la población mexicana. La estructura social permite a las personas interactuar, crear redes y difundir información que puede ser útil para manejar y confrontar desastres.7 Las bondades del capital social, científicas o no, son vastas. A principios de la década de los setenta, una serie de desastres suscitaron el interés por la investigación de los efectos de dichos acontecimientos en distintas áreas, incluyendo el área de la salud. Anteriormente, las consecuencias a nivel poblacional de los desastres, así como las intervenciones realizadas durante ellos, no se medían; en la actualidad, la salud pública se ha interesado en la epidemiología de los desastres.5

La participación social en diversos desastres ha sido motivo de reflexión. En Tailandia se realizó un estudio posterior debido al tsunami en 2004, cuyo fin fue evaluar la relación entre la participación social y la reducción de riesgo, así como las determinantes socioeconómicas asociadas con la colaboración en acciones preventivas, tales como el seguimiento continuo de noticias y la preparación de una mochila de emergencia. La organización comunitaria, debido el tsunami en 2004, devino conductas de prevención que redujeron el riesgo en temblores posteriores.8

En el mismo rubro, diversos estudios realizados en Japón tras el terremoto de 2011 demostraron una relación inversa entre la prevalencia de insomnio, depresión y síndrome de estrés postraumático y la cohesión social: entre más fuertes los lazos comunitarios, menor la probabilidad de la aparición de estas alteraciones o enfermedades.9,10

Las experiencias previas y la nuestra enaltecen el papel de la comunidad y la trascendencia de la solidaridad y la empatía y del compromiso de quienes la ejercen. La solidaridad aglutina a las personas cuando es ingente mirar, pensar en el otro y dedicar tiempo y esfuerzo en beneficio de la comunidad. Es, asimismo, principio fundamental de moralidad social: todas las vidas humanas tienen valor y son dignas. Auguste Comte consideraba que la solidaridad era una suerte de remedio contra el individualismo y un antídoto contra la atomización de la sociedad. Hay quienes, cuando hablan de solidaridad, la apellidan afinidad, igualdad, semejanza; otros, afines a la corriente del comunitarismo (del inglés, communitarianism), enfatizan una dualidad trascendental: la comunidad tiene responsabilidades hacia el individuo y el individuo tiene responsabilidades hacia la comunidad; la bidireccionalidad suma y fortalece el bien común.

La solidaridad, como principio ético, vale tanto como otras virtudes. La solidaridad camina al lado de valores como integridad, compasión, beneficencia y “ser consciente” de los otros.

Recapitulemos: los desastres naturales encaran. Encaran a la sociedad y al Estado. En el terremoto de 2017 aprobó la sociedad; reprobó el gobierno. La solidaridad es pilar humano. No se enseña, se mama. Es parte del bagaje de la alteridad y debería considerarse uno de los ejes rectores de la ética. “Todo lo que se refiere a mi persona, empezando por mi nombre, llega a mí por boca de otros”, escribió Mijail M. Bajtin (1895-1975), quizás el pensador ruso más celebre e influyente del siglo XX. Bajtin tiene razón: hay quienes sostienen, como escribimos párrafos arriba que, anterior a la ontología –parte de la metafísica que trata del ser en general y de sus propiedades trascendentales–, es la ética. La ética de la solidaridad es innata, nace y se ofrece cuando es necesario, cuando el otro sufre, peligra o se siente amenazado. Responder “desde adentro”, motu proprio, cuando la situación lo demanda –huracanes, terremotos, barcazas con refugiados–, es un acto de solidaridad arropado por valores éticos. En nuestros septiembres negros, como en otras circunstancias –léase cincuenta o más millones de connacionales en situación de pobreza/miseria–, la responsabilidad del Estado es absoluta. No se requieren estadísticas para conocer la opinión de la sociedad: ¿dónde estaban nuestros jerarcas durante y después del terremoto?

Declaración de conflicto de intereses. Los autores declararon no tener conflicto de intereses.

Referencias

1. Centro Nacional de Prevención de Desastres. Misión y visión del Centro Nacional de Prevención de Desastres, 2016. [Citado dic 5, 2017]. Disponible en: https://www.gob.mx/cenapred/articulos/mision-y-vision-delcentro-nacional-de-prevencion-de-desastres-cenapred

2. Ayuso Diez, JM. Presentación. En: Lévinas, E. Ética e infinito. Madrid: Antonio Machado libros; 1991.

3. Kraus A. Solidaridad: principio ético. Nexos. 2017;39(480):108.

4. Bárcena F, Chalier C, Lévinas E, Lois J, Mardones JM, Mayorga J. La autoridad del sufrimiento. Silencio de Dios y preguntas del hombre. Barcelona: Anthropos, 2004.

5. de Ville de Goyet C, Marti RZ, Osorio C. Natural Disaster Mitigation and Relief (Chapter 61). En: Jamison DT, Breman JG, Measham AR, Alleyne G, Claeson M, Evans DB, et al. (editors). Disease Control Priorities in Developing Countries. 2nd edition. [Citado nov 28, 2017]. Washington DC: The International Bank for Reconstruction and Development / NY: The World Bank; 2006. Disponible en: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK11728/

6. Stanek, O. Capital social y redes sociales: introducción a una reflexión crítica. [Citado dic 7,2017] Canadá: Universidad del Québec en RimouskiGRIDEQ. Disponible en: http://www.soc.unicen.edu.ar/newsletter/nro10/capasitaciones/stanek.htm

7. Portes A. Capital social: sus orígenes y aplicaciones en la sociología moderna. En: Carpio J,Novacovsky, I Novacovsky (compiladores). De Igual a Igual: el desafío del Estado ante los nuevos problemas sociales. Argentina: Fondo de Cultura Económica y Secretaría de Desarrollo Social de la Nación, 1999.

8.Witvorapong N, Muttarak R, Pothisiri W. Social Participation and Disaster Risk Reduction Behaviors in Tsunami Prone Areas. PloS ONE. 2015;10(7):e0130862. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0130862

9. Tsuboya T, Inoue M, Satoh M, Asayama K. Perspectives acquired through long-term epidemiological studies on the Great East Japan Earthquake. Environmental Health and Preventive Medicine. 2017;22:3. https://doi.org/10.1186/s12199-017-0615-x

10. Matsuyama Y, Aida J, Hase A, Sato Y, Koyama S, Tsuboya T, Osaka K. Do community- and individual-level social relationships contribute to the mental health of disaster survivors?: A multilevel prospective study after the Great East Japan Earthquake. Soc Sci Med. 2016;151:187-95. https://doi.org/10.1016/j.socscimed.2016.01.008

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